Todos los años fuego

Por Sabartés

Abril. El mes de la tregua. Marzo nos recuerda sin piedad que las vacaciones se acaban, que esos quince o veinte días, un mes para los mejor adaptados, son el tónico revitalizante para no quedar tirados a mitad de camino. Para seguir siguiendo. La zanahoria para los burros, la obediencia para los esclavos, el deseo para los hombres a pie, el ideal para los alados.

Por suerte o por costumbre, después del mes cachetazo siempre llega abril. Si bien todavía el sol disimula la derrota, empieza ya con su retirada sutil tratando de no llamar demasiado la atención. Te deja un par de días de treinta grados para despistar o quizás como corcoveo furioso, como queja del caído que va a morir en su ley, sofocando.

Aprovecho esos días para apurar todos los rones que me entren. Van a pasar meses hasta que el hielo en el vaso vuelva a ser un verdadero placer. Estoy en Argot, Jonte y Elpidio González, cruzando apenas Condarco. De a poco el cielo empieza a entrar. Llega por los primeros agujeros y en unas semanas se desplomará sobre el asfalto atravesando las copas vacías de plátanos, fresnos y demás árboles de ciudad. Hoy no hay gente conversando. La inercia de marzo los tiene a todos con sus cosas. Son casi las cuatro de la tarde de un miércoles cualquiera, uno de los trece miércoles que tendrá este otoño. Un calendario posible sería decir primer martes de verano, segundo jueves de invierno, décimo sábado de primavera y así. Posible, nada más, ni mejor ni peor, como el mundo en general.

Si la primavera es el renacer, la fecundidad, los brotes y lo nuevo, deberíamos ver al otoño como la vejez, la resignación, la derrota. Sin embargo el ron es bueno, la calle está bien y no tengo ganas de verlo así. Me quedo mirando por la ventana, dando vueltas un maní salado entre el índice y el pulgar y me viene a la cabeza la fogata de San Pedro y San Pablo. Se hacía antes en cada barrio, casi en cada esquina. Sé que tenía que ver con el catolicismo, alguna fiesta pagana que adoptaron, era a finales de junio y dependiendo el barrio podía ser también de San Juan. La cosa es que me da por agarrar para ese lado. Una fogata enorme.

Cuando quemamos algo no sólo lo destruimos. Algo se va, es cierto, pero de ese fuego sale también un resplandor hipnótico que nos seduce. Promesas tibias suben con el humo y se quedan flotando. Nadie lo mira pensando en lo que se está quemando. Sobre las llamas, atrás, arriba, adentro de ellas hay algo más que fuego. Si nos alejamos para jugar al cronista vemos en los que se quedan mirando que las pupilas les sonríen.

El fuego es un buen primer paso para volver a empezar. Prefiero pensar así al otoño. La gran fogata de la naturaleza. Si es cierto que todo vuelve, que todos volvemos, resulta interesante ir practicando. Quemar en las esquinas de este otoño las frustraciones, los miedos, las miserias de ciudad. Aprovechar el invierno para elegir las piezas y rearmarnos mejores, más parecidos a como queríamos ser, a como quisiéramos que fuesen nuestros hijos. Ir más lejos. Ser nuestros hijos y dejarlos a ellos que sean como se les cante.

Muevo los hielos en el vaso vacío y casi que me cuesta creer que haya un otoño todos los años. La posibilidad infinita de quemar aquello que sobra, que ocupa lugar, junta tierra, olor, bichos. Con la caída de las hojas entra más luz, entra el aire que nos faltaba en marzo, las ganas de ventilar, de respirar profundo.

El lugar sigue vacío. Mañana voy a tener que volver, no vaya a ser cosa que desaparezca cuando no lo veo. Dejo la plata abajo del cuenco que hasta hace un rato tenía maní y que ahora es un depósito de sal y de pedacitos de cáscaras marrones. Saludo al mozo y salgo.

La ciudad se mueve al compás de los chicos que salen de la escuela, de los padres apurados que estacionan mal y hablan bien. Por las veredas ya se ven las primeras hojas secas y algunas ramas apiladas. Todavía no es la época pero hay gente que no se aguanta las ganas de podar. Todo el año es la estación de los ansiosos. Aprovecho su apuro y junto algunas de esas ramas. Capaz que esta noche prendo un rato la parrilla.

                                                           Apuntes miopes, Qu N° 19, abril 2017

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